ASUNCIÓN DEL GRECO. TIEMPO CATORCE.

POR ALEJANDRO VEGA

ASUNCIÓN DEL GRECO

TIEMPO CATORCE

Volviendo al cuadro que nos ocupa en esta historia como es el de la Asunción de María a los Cielos, genial primera obra de Doménico en Toledo y por lo escudriñado en ella hasta ahora en este estudio y observando la profunda maestría en su ejecución, no nos extraña que se le abrieran las puertas cerradas de esta ciudad a un personaje con dicha habilidad en su oficio, sin menospreciar a los pintores que aquí trabajaban ya entonces.

Dicha concesión nos la dejó plasmada el mismo en el espacio-tiempo de forma cabalística, en uno de los detalles principales que forman parte de la única pintura mítica que ejecutó en vida, como fue la del famoso Laocoonte, hoy en la National Gallery of Art de Washington, en EEUU, obra que pude visitar junto a mi esposa hace años en el Museo del Prado por préstamo de la anterior. 

Tras el redescubrimiento del artista según ciertos pensamientos de entre los siglos XIX y XX como hemos explicado más arriba, y gracias a una forma de pintar que decían ser actual, creyéndolo así  los artistas modernos de ese tiempo, lo que en realidad mostraba el Greco pintando en Toledo, era una inusual capacidad mística y etérea, basada en una geometría sagrada como hemos comprobado, causando una admiración sin precedentes conducente al “pahtos”.

Ha sido en estos últimos siglos, cuando empezaron a desfilar fuera de Toledo muchas de sus obras y de su taller, que se aprovecharon para hacer grandes negocios por dinero como siempre.

Otros estudiosos y pese a estas extraordinarias obras que ahora disfrutamos, reconociéndole como a uno de los grandes genios de la pintura universal, a modo de crítica le dieron unos calificativos negativos, tachándole de ser un pintor loco y excéntrico, con muy poco talento además de tener astigmatismo en la vista, por el alargamiento, posturas o escorzos que daba a sus personajes religiosos, más la claridad y opacidad de sus cielos y otras sensaciones captadas en sus obras, quizás por no llegarlas a entender precisamente por el sentimiento simbólico que acabamos de describir.

En la ciudad de Toledo y alrededores era donde se le encargaron sus obras, excepto las dos del Escorial. Doménico Theotocópulis en su tiempo, ya era reconocido como un pintor genial e inigualable, al que se le respetaba y admiraba en nuestra tierra, no solo por los letrados de su tiempo a los que retraba de forma personal por encargo como gran experto, también en grupo, como lo podemos observar en la conjunción estelar de personajes principales en Toledo, los cuales toma como modelos para conformar la zona terrenal del famoso e inigualable cuadro del “Entierro del Señor de Orgaz”.

También después de muerto, al Greco se le recordaba como a uno de los artistas toledanos más grandes de todos los tiempos, por tal motivo se le comparó con uno de los más estimados, nada menos que con el griego Apeles del siglo IV a.c., pintor de Alejandro Magno, siendo el más famoso de la Edad Antigua y del que se decía que tenía el don de la gracia.  

Uno de sus cuadros más famosos fue “La Calumnia”. Perdido por su antigüedad, aunque siendo descrito por el escritor Luciano en el siglo II d.c., y sobre dicha descripción, Botticelli dejó plasmado dicho tema y sus avatares, pintándole según la moda renacentista.

Dicha comparación se conoció en 1641, cuando se publicaron póstumamente cuatro sonetos sobre el pintor, debidos a la pluma del poeta del Siglo de Oro fray Hortensio Félix de Paravicino, perteneciente a la orden trinitaria de predicadores, íntimo amigo del Greco al que pintó en 1609. 

El que aquí exponemos, el monje-poeta se le dedicó al pintor a la hora de su muerte, dejando constancia y un testimonio certero sobre el mismo, como su lugar de nacimiento, el desarrollo de su toda su obra en la ciudad toledana, sirviéndole de oráculo desde entonces, haciéndole eterno en el espacio-tiempo, comparándole nada menos con aquel antiguo maestro griego, cantando al Greco entonces:

“Obró a siglo mayor, mayor Apeles,

no aplauso venal y su extrañeza

admirarán, no imitarán edades.

Creta le dio la vida y los pinceles,

Toledo mejor patria donde empieza

a lograr con la muerte eternidades”.

El Greco se encontraba reconocido, siendo muy famoso en el  Toledo de su tiempo, con gran producción del mismo más su taller sobre obras religiosas, encargadas por familias pudientes o no, sobre santos del Nuevo Testamento, siendo por ello muy estimadas. Una demostración inédita más de lo que aquí decimos, es gracias al artículo “Artistas menores para la catedral de Toledo en el tránsito del XVII al XVIII”, del investigador Antonio López Ballesteros.

Dato mudo hasta ahora, que corresponde al testamento y la última voluntad de Francisco de Huerta, alarife y sobrestante de la catedral de Toledo, discípulo del maestro mayor Bartolomé Sombigo y Salcedo. Sobre el año 1700, este dejó como heredera a su mujer de entonces Mª. Montero de Espinosa testando: “una pintura del glorioso patriarca San Joseph del Dominico Greco con su marco ( ) para que la goce por sus días y vida, y después de ellos se ha de vender dicha pintura por ser de valor y estimación, y el precio en que se vendiere se diga de misas por mi alma y de la dicha mi mujer”

Este dato nos aclara que el Greco en su tiempo estaba muy bien considerado en nuestras tierras y mucho más después de su muerte. Fue a mediados del siglo XIX, cuando ciertos personajes nombrados anteriormente entre estos Tiempos (artículos), al salir parte de sus obras de forma oscura desde España, le catapultaron a escala universal, estando repartidas por todo el Orbe.

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