ASUNCIÓN DEL GRECO. TIEMPO CUATRO.

POR ALEJANDRO VEGA

ASUNCIÓN DEL GRECO

TIEMPO CUATRO

Otro caso aún más significativo llevado a cabo por el propio Fernando VII, para ir rellenando la Pinacoteca Real a base de influencias y dinero, después de haber regalado tantas obras a los ingleses, en 1830 instigó al XII duque de Híjar J.R. Fadrique de Silva, que  era a la sazón director de dicho centro de obras de arte, para que tentara a Juan Sanjuán párroco de Santa Leocadia y ecónomo de Santo Tomé en Toledo, y por ello tratar de llevarse al Museo Real nada menos que una de las obras cumbres de la Humanidad, la ahora nombrada como “El Entierro del Señor de Orgaz” del Greco.

Dicho párroco-ecónomo escribió al cardenal de la diócesis de Toledo Pedro Iguanzo Rivero varias veces, explicándole que el traslado del “Entierro” al Prado, era la mejor opción, para el cuidado y la buena conservación de dicha obra.

Gracias a dios que el cardenal no le llegó a contestar, quedando esta obra universal en el lugar para donde fue creada. Así estaban las mercaderías sobre obras de artes entre los propios españoles con más poderío e influencias de aquel tiempo, entre otras las más famosas de Doménico Theotocópulis, el griego toledano.

Unos años después la gran obra que tratamos aquí, como es la Asunción de María a los cielos, auxiliada por un grupo de ángeles, con el testimonio de los discípulos de Jesús y pintada por Doménico Theotocópulis –El Greco-, la cual dominaba la parte central del retablo de Sto. Domingo “el antiguo” de monjas cistercienses, fue muy deseada por un infante borbón de entre Portugal y España, que había nacido en Brasil, Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza, personaje  que apoyó la primera guerra carlista.

Este mandó al mismo traficante de esas valiosas obras, Valeriano Salvatierra como mercader oculto, para ocuparse con las monjas del citado convento sobre el negocio silencioso de su compra y así poder obtener la adquisición de tan espectacular y atrayente pintura, para ser disfrutada egoístamente en soledad. Quizás si hubiera ayudado a las monjas en sus penurias en vez de ansiar dicha obra, quizás aún podríamos ver el original en Toledo. 

El negocio se realizó con gran discreción dado el alto valor de esta   admirable pintura y el 13 de agosto de 1830, por el precio de 14.000 reales de vellón salió esta por las puertas de dicho convento. Esto ocurriría posteriormente también con las otras siete excelentes obras que la acompañaban. Para copiar y reemplazar la obra de la Asunción sobre el retablo original trazado por el Greco, se encargó una copia a Luis Ferrant y Carlos Luis de Ribera, ejecutada en el mismo siglo XIX, costando 8.000 reales de vellón.  

Aunque este tipo de actos en nuestro tiempo, al tener algo más de  conciencia y vigilancia sobre el inmenso e inabarcable patrimonio nacional español, quizás ahora ocurran estos actos con menos frecuencia. Aunque esto nos extraña mucho, pues dicho desatino se sigue haciendo de forma clandestina, sin reparo ni remordimiento, solo  por dinero, perdiendo aún parte del patrimonio español.

Sin embargo entonces y sin querer saber los motivos que movieron a dicho convento de monjas de Sto. Domingo a vender dicho patrimonio heredado gratuitamente, con parte de las obras de arte más bellas y famosas del universo grequiano, salieron estas del mismísimo Toledo gracias a personas movidas por el dinero, como el nombrado marchante anterior, aprovechando su posición como profesor en la catedral de Toledo, académico de la Real Academia de San Fernando y restaurador de las esculturas del Museo del Prado.

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