ASUNCIÓN DEL GRECO. TIEMPO DIEZ.
POR ALEJANDRO VEGA
ASUNCIÓN DEL GRECO
TIEMPO DIEZ

La parte superior celeste la trabaja el artista con colores algo más suaves, para dar una sensación de sublime sutileza, encontrándose más clara que la parte terrena, donde destaca María con su vestimenta de azul profundo de reflejos y contrastes blancos, demostrando con dichos detalles la maestría del Greco. Al llegar a su camisola rosa oscuro, María abre sus brazos alargándolos hacia los lados de la obra.

Al elevarse la Vírgen nos da la sensación de que está levitando, lo cual consigue el artista por medio de una pequeña inclinación helicoidal en su escorzo, haciéndonos percibir a los espectadores su silueta, con sus brazos extendidos simulando una cruz, que con su gesto grave y compasivo mira hacia lo alto, donde se encontraba su hijo muerto en el cuadro de la Trinidad del ático, sujetado por el padre y como testigo el espíritu santo. Estos componen el centro del retablo central que diseñó el Greco para el convento de Santo Domingo el antiguo.
La Asunción se encuentra rodeada por todos lados de hermosos espíritus celestes. Debajo, a su derecha tres ángeles tronos se asoman para ver como pisa esta la media Luna.

Ejemplo que será usado por el Greco posteriormente como modelo postural, a lo largo de su extensa obra. Un ejemplo lo observamos en la crucifixión que pintó para el ático del colegio madrileño de Dª. María de Aragón, donde vemos a la Magdalena con más edad que los angelotes, limpiando la sangre de la parte baja del madero estípites de la cruz del crucificado.

También usa ese modelo en su obra cumbre, como es en “El Entierro del Señor de Orgaz”, precisamente con el ángel que lleva el alma del difunto entre sus manos, por el “hueco de luz” que se abre hacia la gloria, donde le esperan la Vírgen y San Juan el bautista para interceder por él ante Cristo.

Volviendo al cuadro de la Asunción, por encima la acompañan dos arcángeles algo reducidos, el de detrás de amarillo tiene las manos juntas y parece mirarla con lástima. A su lado pinta otro vestido con túnica rosa tornasolada, cuya perspectiva se acerca más hacia nosotros, en impecable escorzo con sus piernas desnudas e inclinadas, cuyo innegable sentido geométrico es trascendente. Con su rostro bajo el brazo de la virgen mira al espectador. Este mueve su brazo izquierdo en ángulo de 90º.

En su lado izquierdo observamos a varios arcángeles también más reducidos, dejando a la Virgen gran protagonismo. Con ricos y coloridos vestidos, uno de azul con las manos juntas, otro de rosa con el pelo rizado y dorado y otro de verde señalando con su brazo izquierdo hacia la Trinidad del ático.

Tras ellos dos cabezas en claroscuro mirando hacia abajo, truco que usará el maestro griego toledano en las figuras de Lázaro, su hermana y la Magdalena, a un lado de la gloria en el “Entierro del Señor de Orgaz”.
El Greco como observamos en esta primera pintura de su extensa obra toledana, nos deleitaba ya con una extraordinaria gama de actitudes, inflexiones y escorzos, aunque también con ciertos trucos misteriosos que nosotros ahora queremos descifrar. Solo hay que fijarnos en un ángel joven, casi escondido que se asoma por debajo tras el manto de la virgen al lado derecho, mirando al espectador. A quien pertenecerá dicho rostro y que nos querría trasmitir el pintor? Podría ser algún hijo suyo de la época italiana tras diez años en ese país?

Por encima un cielo amarillo iluminado de gloria, con dos columnas de putis alados casi imperceptibles, terminando esta maravillosa obra toledana del maestro griego Doménico Theotocópulis.

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