ASUNCIÓN DEL GRECO. TIEMPO SEIS.

POR ALEJANDRO VEGA

ASUNCIÓN DEL GRECO

TIEMPO SEIS

Aquella exposición motivó que en 1840 el crítico de arte Théophile Gautier y varios compatriotas franceses, al fascinarles el exclusivo y diferente estilo de Doménico Greco, viniesen a Toledo a encontrarse con sus  obras, estudiarlas y hacerse con alguna a poder ser, entre otros el escritor Alejandro Dumas en 1846.

También vinieron a España más franceses, como el coleccionista barón Jean-Charles Davillier que escribió su libro de Viajes y  Gustavo Doré que ilustró dicho libro, también Paul Lefort historiador y crítico del arte.

Más tarde en 1853, varias obras entre ellas algunas del Greco, fueron  subastadas ya en Londres, comenzando entonces la fuga de parte del  patrimonio de las pinturas grequianas toledanas, repartiéndose por diferentes lugares europeos cambiando de dueños, entre otros los pintores franceses Jean-Francois Millet, Eugène Delacroix y el  comerciante ruso Iván Shchukin.

Este descubrimiento de las obras del Greco por artistas europeos, motivó que partir de 1860, vinieran a Toledo y al Museo del Prado desde entonces los mejores críticos del arte y como no, atrayendo como un imán a los pintores impresionistas como Manet, Cézanne, Kandinsky o Renoir, siendo estudiadas las obras del Greco por ellos, intentando comprender esta atrayente forma de pintar celeste, tomándoles entonces como totalmente innovadoras.

Desde entonces los entendidos de dichos artistas, nos cuentan que se inspiraron al pintar algunas de sus obras. Como testigo que fui de muchas de ellas al estar expuestas en el Museo del Prado y poder observar dichas emulaciones, particularmente por mi parte no entendí muy bien su parecido, al no ser un entendido en pintura modernista contemporánea.

Entre los españoles  también admiraban al Greco Santiago Rusiñol o Ignacio Zuloaga y hasta el propio Picasso decía admirar la  modernidad del Greco.

También otros grandes estudiosos españoles de la obra del Greco, la difundieron entonces con entusiasmo, entre ellos Manuel Bartolomé Cossío y Benigno de la Vega-Inclán.

Gracias a este último se llevó a cabo la Casa-Museo del genio Doménico en Toledo, en un lugar especial, pues fue sobre el Palacio del marqués de Villena, después fueron casas de la duquesa de Arjona palacio renacentista en plena Judería Grande.

Los siguieron después en dicho reconocimiento el grupo catalán de Sitges Cau Ferrat, más la generación del 98, en especial Pío Baroja, Manuel Azorín y Raimundo de Maeztu.

Doménico Theotocópulis, el griego toledano, con el estilo tan peculiar  y especial de su pintura comenzó a ser reconocido mundialmente por la franqueza y realidad mística que usaba con sus pinceles, pues con ellos pintaba las profundidades del alma. Por tal motivo resucitaba así de sus soledades espirituales y subía entonces como la espuma de una ola, al Olimpo de los más grandes genios de la pintura, haciéndose atemporal, aunque ya lo era desde su llegada a Toledo en 1577.

Fue entonces cuando muchos personajes pudientes, encargaban a sus marchantes viajar al imán de Toledo para hacerse con alguna de sus obras, después de que estas habían estado guardadas más de dos siglos, continente cuyo contenido era uno de los más grandes tesoros que ocultaba esta ciudad única y universal y que el genio supo comprender desde su llegada a ella.

Volviendo a la obra de la Asunción que es de la que se trata en este estudio, al volver de nuevo a las manos del infante Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza en 1859, comenzó así la rocambolesca historia de esta original y magnífica pintura, saliendo de España clandestinamente a Francia, al trasladarse este personaje a su exilio francés. 

Tras la muerte del infante en 1875,su colección se dispersó entre sus herederos y la Asunción del Greco quedó en manos de su viuda, la infanta “boba” María Cristina de Borbón, que al fallecer en 1902, la Asunción paso a sus sucesores y fue entonces gracias a un acuerdo con ellos, que esta bella por majestuosa obra volviera de nuevo a España como préstamo al Museo del Prado ese mismo año, para formar parte de la primera exposición dedicada al Greco en Madrid, organizada por su director entonces el pintor sevillano José Villegas.

Devuelta la obra a sus dueños en 1904, fue adquirida por el marchante parisino Paul Durand-Ruel, subastándola en su galería. Después con financiación de H. O. Havemeyer y gracias a la intermediación de la pintora estadounidense Mary Cassatt, finalmente en 1906 la compró la humanista señora Nancy Atwood Sprague en París, quien la donó posteriormente al Art. Institute de Chicago al cual pertenece ahora, en memoria de su esposo Albert Arnold Sprague.

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