ICONOS SAGRADOS TOLEDANOS 15

EL TORO DEL CEMENTERIO RUPESTRE DE MALAMONEDA

En el despoblado de Malamoneda sobre un extenso campo de tumbas, a 61,3 Km. al suroeste de Toledo  en el término de Hontanar, se encuentra la talla de un toro en lo alto de su amplio cementerio rupestre. Allí el rio Cedena talló una senda hacia el sur, por donde los animales cruzaban por el Pico del Puerco y la Sierra del Aceral entre los Montes de Toledo, buscando la Meseta de Cabañeros, con cantidad de encinares para su alimento.

Según el libro “El Despoblado de Malamoneda” de Ventura Leblic, la información dada por el párroco y el alcalde de Hontanar en el año 1554, habla de la existencia de “una vaquilla de piedra con su cabeza, cuernos y cola” que se encontraba colocada en su torre medieval, estando ahora desaparecida. Entre otros datos parecidos, una leyenda del lugar quizás de cultos ancestrales ibéricos, nos recuerda la existencia de una cueva en cuyo interior se  veneraba a un toro.

La talla en granito del toro de Malamoneda al que nos referimos en este artículo, se halla ubicada en lo alto del paraje del conjunto funerario, cuya figura se encuentra muy deteriorada por el paso del tiempo. Como mínimo debió de pertenecer a los tiempos denominados como carpetanos, realmente gente ibera de estas tierras, con cierta traza lusitana.

Esta figura zoomorfa parece ser una deidad consagrada a dicho animal taúrico para proteger el lugar, como así debió de servir también el Toro de Menasalbas. Pese a su mal estado, su ubicación parece original por el ara o pedestal donde se asienta a plomo. Con gran desgaste en la cabeza y sus patas delanteras, aunque aún se aprecian sus cuartos traseros, sobre todo en su derecha, así como un largo rabo. No existe en él ninguna inscripción al estar muy erosionada.

Por la forma de embudo entre el hueco de sus patas, tallado y orientado litúrgicamente de un lado al otro, su idea primordial era servir de forma ritual en tiempos iberos como psicopombo, facilitando el paso de las almas de los muertos de un lado al otro por dicho orificio, pues por el Este recibía el sol de la mañana o luz de vida y hacia el Oeste era iluminado por el sol poniente y los rayos del atardecer, conducentes hacia la oscuridad. Testimonio que nos hace entender que sobre nuestra tierra se practicaba un culto astral antiquísimo, referido a la religión heliolátrica.

Como rito de continuidad, esta importante escultura fue utilizada posteriormente como señal luctuosa para el cementerio en época romana. Sabemos esto por la doble estela allí localizada bajo una de las tumbas tallada entre uno de los bolos graníticos de su roquedal.

La descripción de sus desgastadas letras romanas sobre dicha roca, la  pueden encontrar en la obra “Inscripciones Romanas de la Provincia de Toledo” (siglos I-III), de la Real Academia de la Historia, 2015, de Juan Manuel Abascal Palazón y Géza Alföldy.

Por este motivo a esta solitaria figura del toro podemos definirla como a un evidente monumento mortuorio prehistórico, al que designamos como “la efigie de la trasmigración de las almas”, cuya idea y sentido sacro debía de servir para que los espíritus de los difuntos enterrados en su cementerio en diferentes épocas, pasaran por él viajando tras el sol en busca de la luz del más allá.

Nunca deberemos dejar de lado los nuevos datos y las nuevas ideas, siempre que tengamos ojos para ver y también las nuevas técnicas de datación, que quizás algún día se puedan practicar con estas importantes figuras. Será entonces cuando nos llevaremos grandes sorpresas y podremos asimilar verdaderamente la historia de nuestra propia tierra, siempre acallada por un complejo de inferioridad ante estudios centroeuropeos del pasado, que hasta ahora parecían únicos.

Artículo publicado en el revista Cuatro Calles nº 35, en el cuarto trimestre de 2025.

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