ICONOS SAGRADOS TOLEDANOS 16

OTRO INTERESANTE VERRACO HALLADO EN MALAMONEDA.
En mi búsqueda investigadora, en un paraje tan enigmático como es el mismo Despoblado de Malamoneda al sur de Toledo en el término de Hontanar, entre los caminos conducentes a su roquedal, donde también observamos su “piedra sacra escurridera”, saltó de nuevo la sorpresa al encontrar por mi parte un nuevo suido, con unas características especiales y diferentes a los verracos estudiados hasta ahora.

Está trabajado horizontalmente sobre una roca exenta, tumbado sobre su lado derecho, hundiéndose en la tierra. Su figurativa talla es tan expresiva y singular, que nos puede abrir una nueva dimensión en nuestra investigación sobre la cultura ibérica de los verracos.

Sobre lo alto de su lomo se observan unas rascaduras, pareciéndome un verraco macho erizado en lucha con otro, aunque por su forma y contorno puede referirse a una guarra de cría, recostada a punto de parir. Es totalmente reconocible por su forma, cuarto trasero, larga jeta y abultamiento de su vientre.
Aunque lo más interesante por misterioso, es la cantidad de hendiduras circulares en su lado visto izquierdo, que por su profundidad no pueden pasar desapercibidas, aclarándonos unos datos muy importantes, recibidos de nuestros antepasados prehistóricos.
Según la naturaleza de los jabalíes, las guarras entran en celo sobre los meses de Noviembre y Diciembre y los machos luchan ferozmente entre sí, para premiar a las que parieron en dicho tiempo o anteriormente.
Los seres de antaño creaban estas tallas para su culto zoolátrico, y sus esculturas votivas eran una invocación de gratitud para obtener una buena caza o mantener una piara copiosa para su alimento.

Su degüello se hacía en cazoletas talladas sobre “altares sacros”, construidos sobre altas rocas, así su sangre al rebosar caía por un canalillo y empapaba por debajo al cazador, el cual creía obtener la fuerza del animal que había vencido en su cacería, además de fecundar la tierra.

Una de estas cazoletas, se encuentra labrada sobre una alta “roca sacra” en lo alto del despoblado, a la que podemos denominar como “piedra carnicera”. Lo que nos hace comprobar la existencia de sacrificios de animales y su relación con ritos funerarios, de ahí las sepulturas. Lo más importante era conectar con lo numinoso, ligando el misterio religioso que dicho acto envolvía.

También observamos otra piedra tallada más reciente con el mismo motivo, en el centro de lo que pudo ser una cabaña, donde se llevaban a cabo sacrificios en tiempos cercanos a nosotros, siguiendo las antiguas costumbres.
Por debajo del valle pasa el rio Cedena, por lo que nunca les ha faltado el agua a los seres que han vivido desde antiguamente hasta nuestros días. Sobre el mismo hay un puente formado por dos bloques perteneciente a las tapas de dos de las tumbas de las muchas que hay en este despoblado. Por mi parte quizás he conocido al último pastor de este lugar.

Para obtener una buena caza, un buen número de rayones para su crianza, así como la cura de sus jamones, los “hechiceros” (astrónomos de entonces) miraban al anochecer el cielo estrellado en esas épocas del año, observando en aquellos meses las constelaciones que se veían sobre el firmamento, creyendo atraer sobre sí sus consecuencias divinas por mágicas.

Al estudiar las diferentes hendiduras y tamaños de los huecos tallados adrede en el costado de este descriptivo verraco, la sorpresa está servida, pues estas coinciden de forma exacta con la Constelación de Escorpio, que es la que observamos al mirar hacia el sur astronómico en dicho tiempo del año. Además de la estrella Zubeneschamali, aparece tallada entre ellas su estrella más brillante Antares, más Acrab, Al Niyat y Paikauhale, así como otras secundarias como Dschbba y Frang.
Aquí no puede haber confusión, esta es la pura magia blanca de una religión astral antiquísima en nuestra tierra toledana.

Artículo publicado en el revista Cuatro Calles nº 36, en el segundo trimestre de 2026.
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